dolor, partidas

La historia con fin

Lo voy a decir a medias, sin razones ni explicaciones.
A medias porque aún no lo digo en voz alta para mí.
¿Negación? No. Dolor.
Duele porque fueron más de 10 años de lo que haya sido.
Lo suelto, sabía que iba a pasar.
En el fondo y en silencio.
Duele como la primera vez, pero con madurez.
Tal vez volvamos hablarnos, tal vez no.
Adiós por quinta vez. Ya perdí la cuenta.

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Elena y los Fantasmas

fantasmas1Hola 2015. Hasta ahorita vas más o menos.

Si alguien me hubiera dicho que la siguiente publicación de mi blog fuera de este tema simplemente no lo hubiera creído, tengo desde Septiembre que no escribo nada y aunque quisiera contarles muchas cosas, de momento siento la necesidad de sacar esto de una vez.

Las personas que tienen años conociéndome (ya tengo 33 y luego contaré sobre cómo me siento con esta cifra) sabrán que el tema de los fantasmas/paranormal no es algo nuevo ni tampoco es un juego. Es largo el historial pero me voy a enfocar solamente en los hechos recientes.

El lunes pasado (19 de Enero) fui a visitar a un amigo. Él vive en una casa muy vieja y que como muchas casas viejas se siente la “vibra” del paso del tiempo, mientras estábamos sentados en su cocina y en uno de esos instantes que sin darte cuenta volteas la mirada, vi por la ventana de la puerta de la cocina que da a la sala, “como que algo paso”, no dije nada pero me puse algo sería y supongo que él también lo vio o sólo noto mi semblante, porque también voltea a la ventana de la puerta y luego hacía a mí y me pregunta ¿la viste? Yo respondo que no y que no se de que habla, aunque fue evidente que vi algo sin saber a ciencia cierta que fue, pues al final de cuentas no me consta haber visto algo específicamente, como ya decía sólo vi como que algo paso.

Él me vuelve a preguntar o más bien afirmar que en esa casa se ve alguien que pasa (por lo visto una mujer) y yo le pedí que no hablara de ello. Los que han venido a mi casa saben que aquí también pasan cosas, pero son ruidos, como si alguien caminara en el techo o movieran cosas pesadas, pero sólo eso. Aparte no es lo mismo mis fantasmas que ya ni miedo me dan a los fantasmas ajenos de alguien más que ni conozco. Así quedo.

El miércoles de esa misma semana (21 de Enero) me quedo en el Hospital 33 a cuidar de mi abuela (ella ésta bien, pero tuvo que ser internada y puesta en observación unos días), pero no iba a estar sola, de hecho mi madre la iba a cuidar, pero como ella ya se había quedado un día antes le dije que iría para que ella pudiera dormir, pues por su condición ella no debe desvelarse mucho.

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Cenamos cuando llegue (9:30 pm aproximadamente) con la señora de las quesadillas (es lo único que hay a esa hora y cerca del hospital) y cuando vamos al piso en que se encontraba mi abuela (piso 9, el ultimo) le dije que me iría por las escaleras para bajar la cena… y ahí va la valiente. Los primero 5 pisos los subí muy bien, de hecho había muchas personas en las estancias de cada piso, pero del 6 al último ya no fue el mismo panorama, en el 6to me cayó el “veinte” de que iba sola y del 7mo al 9no puedo decir que hasta miedo me dio, la vibra ya era muy diferente a cuando empecé a subir los pisos y ya estaban más aislados de personal. Al llegar al noveno ya estaba ahí mi madre que tenía poco de haber llegado (no hubo mucha diferencia en lo que ella espero el elevador y llego y lo que yo hice caminando) y le conté lo que sentí, me cuenta que en la tarde un señor murió y le digo yo “y miles más ¿Cuántas personas no han muerto aquí?” y ya mejor cambiamos el tema.

Platicamos un rato, mi abuela dormía desde que llegue y le pedí poco antes de las 12 am que se durmiera un poco. No iba preparada para pasar una noche en vela, no traía ni el cargador del celular pero como iba de la escuela me puse a hacer tareas, luego a checar mis redes sociales cuidando las raciones de pila que tenía (jajajajajaja) y luego recordé que tenía un libro de Sofía en mi bolsa desde hace meses (es en realidad un cuento muy pequeño) y me puse a leerlo como por millonésima vez con tal de matar algo de tiempo (Sofy se va de viaje). Ya como a las 3 am decidí bajar al autoservicio que está enfrente del nosocomio para comprar algo de agua y con que matar el tiempo las horas restantes, pero ahora decidí no hacerme la valiente yendo por las escaleras y tome el elevador… que para el caso era lo mismo, iba yo sola. Sola y rogando no ver nada por los reflejos del elevador… de verdad el miedo se sentía por todos lados, a mitad de camino me dieron ganas de regresar pero ya no podía hacerlo. Al llegar a la planta baja y salir es como si estuviera en otro lugar, mucha gente, mucho movimiento. De regreso fue igual. Ya estando de nuevo en la sala con mi abuela no me queda más que esperar que amaneciera, lo bueno es que llego una señora a piso con su hijo y la señora tenía tanta energía que ni durmió, ni dejo dormir al hijo y por lo menos no me sentía sola. Ya llega a la mañana el relevo y puedo irme a mi casa a dormir.

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Pero desde ese día, desde esos 2 días la vibra que siento alrededor no es la misma, no me gusta sugestionarme con nada, menos con estos temas, pero los ruiditos que se escuchan en mi casa, mis fantasmas como les digo yo, ya no son los mismos, y tampoco son las gatas, porque tengo que reconocer que son muy traviesas a veces en la noche, pero hablo de ruidos más específicos: pisadas en mi recamara de nadie, platos que mueven en la cocina, ruidos en el patio de mi casa… esas cosas.

Si siguiera siendo la persona que antes era ahorita estaría convocando una sesión espiritista para expulsar esos entes que aquí siguen de este lado del plano y no han podido cruzar su destino, pero no, ya no soy así y ya no quiero creer en nada más de lo necesario (¿?) o más bien no creer. Pero tampoco puedo ignorar lo que estoy escuchando. Y tampoco quiero tener miedo, porque la verdad, es que por primera vez en mucho tiempo, tengo miedo de estar sola en mi casa.

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30 de Septiembre

Han pasado 18 años desde que te fuiste y no dejo de pensarte en esta fecha. Ya no te lloro, ya no me pongo triste y no maldigo a la vida por lo que paso. Pero hoy, hoy de nuevo sentí mucho coraje, mucha rabia y mucho odio. Y no porque no estés o al menos no directamente.

Es sólo que ya estoy cansada que este día, que cada 30 de Septiembre desde hace ya 18 años, sienta que es el peor día de mi vida. Ya no estas, te fuiste y te superamos, con el paso de los años al fin encontré una resignación, esa de la que hablamos un año antes de que te fueras sin saber que pronto tú te irías antes que los demás. Pero el día quedo marcado. Es como si estuviera maldito.

Durante mucho años (al menos durante los primero 10) el que se llegara este día era garantía de una tristeza infinita y de un llanto sin consuelo.

Aún recuerdo esa terrible semana cuando te fuiste, era un lunes y yo estaba en la secundaria, en clases, cuando llegaron y nos dieron la noticia, pues aunque tú ya habías salido tu papá seguía muy activo en la escuela. No creí la noticia cuando la escuche, ni la quise creer cuando me la dieron mis vecinos. Te llore durante el día y más aún en la noche. En las clases, en el recreo, mientras comía, mientras dormía. Todo era llorar y llorar.

Yo era una adolescente, casi una niña al menos de carácter, pues a pesar de que tenía 14 años, era igual de risueña que cuando tenía 8 o 10. Recuerdo que siempre te hacía reír y que tú a mí me hacías reír como loca, que me regañaban porque me reía mucho y decían que ya no iban a dejar que me juntara con ustedes. Porque todos ustedes ya estaba “grandes” y yo aún estaba chica.

Recuerdo como nos pasábamos las tardes comiendo tostadas o duritos en la esquina del Súper 7 (en esa época se llamaba así y creo que por eso le sigo llamando así a la tienda que esta por nuestras casas) ahí en esa pared que daba sombra después de las 3 pm. Que ahí se nos iban las tardes en esa esquina que estaba a media calle de tu casa y a media calle de la mía hablando de todo un poco.

Que a veces y a pesar de nuestra edad (yo 14 y tú 17) nos poníamos serios y hablamos de cosas como la muerte. Tal vez tú ya sabías lo que iba a pasar, tal vez estabas anticipando los hechos. Yo sólo sé que no pude hacer nada de lo que decía, que cuando te llego el momento no pude ser la persona que iba a aceptar la muerte como algo natural. Eventualmente lo fui haciendo al paso de los años, pero cuando tú te fuiste no lo hice. Al contrario, me enoje y maldecí todo lo que pude: me enoje contigo, me enoje conmigo, con los doctores y hasta me enoje con dios.

Recuerdo mucho esa vez que te operaron y te cortaron el cabello, ese cabello que te hizo bien especial, porque eras el único chico con el cabello debajo de los hombros, con gusto rockero y que te veías bien, o al menos así lo sentía yo, que a pesar de tus playeras negras y tus chamarras de mezclilla nunca dejaste de verte guapo. Recuerdo que te decía que no te sintieras mal, que era cabello y que pronto te iba a crecer. Nunca paso.

Recuerdo como nos peleábamos, porque yo a mi corta edad decía que el mejor grupo de ese momento era Maná y tú siempre defendías a los Caifanes. Recuerdo como te quejabas porque se separaron y como esperabas el concierto de Jaguares del 4 de Octubre y que nunca pudiste ver. Por eso yo me hice fan de ellos. Por eso yo defendí y vele por tu legado hacia ellos. Por eso yo y a pesar de tantos años, tenía que ir a ese mítico reencuentro que me costó más lagrimas que dinero, que por poco me perdía y sabía que si eso pasaba jamás me lo iba a perdona, porque a pesar de que ya no lloraba por ti, de que ya tenía años sin rezarte, sin visitar a tu familia, sin todo eso que siempre dije que haría por ti, yo sentía la enorme necesidad de verlos. Y con ello poner fin a ti, a mí y a esa época.

Por eso cuando cantaron “Antes de que nos olviden” no pude evitar llorar de nuevo, a pesar de que yo había dicho que ya no te iba a llorar (y que sigo sin hacerlo), ese día lo hice porque creí que por fin las promesas que me hice hacía ti ya podían ser liberadas. Te quise mucho y fuiste casi mi primer amor platónico hermosamente correspondido de una manera especial; pero eres un fantasma y uno no puede vivir de los recuerdos del pasado.

Tu muerte me afecto más de lo que pude imaginar y fueron daños que fueron evolucionando con los años, pero llego un momento en que supe que tenía que soltarte y eso lo hice, tú sabes que lo hice. Pero la fecha quedo maldita y es algo que no puedo superar.

Quisiera con todo mi corazón, que los próximos 30 de Septiembre que me queden por vivir no sean amargos, no sean tristes, que no me pasen cosas desagradables que no tienen nada que ver contigo, pero que por el sólo hecho de ocurrir en este día, hacen que te recuerde de nuevo. Y que en ocasiones (como hoy) me sienta enojada porque ya no estas.

Estoy segura de que si siguieras vivo ya ni nos habláramos y que cada uno tendría una vida lejos del otro, pues así pasó con los demás, ya no los veo y sólo nos saludamos cortésmente si es que nos topamos en la calle.

Siempre serás una parte importante de mi vida, pero ya no quiero recordarte. Sé que lo entiendes.

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14 años

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Qué difícil es escribir algo cuando prometiste no volver a contar sobre tu familia, pero podría empezar con decir que uno deja de jugar a sentirse “el loco” hasta que ve la verdadera cara de las enfermedades mentales.

Mi madre fue diagnosticada hace 14 años aproximadamente con depresión moderada y episodios de ansiedad. Al ver las cosas desde otro punto de vista (el medico), uno se da cuenta de que siempre tuvo un problema, pero por falta de cultura o simple tabú de la sociedad y la familia nunca se habló de algo que siempre fue evidente.

Como hija mayor siempre estuve atenta de muchas cosas que pasaron en mi casa y mi familia, que ahora a mis 32 años, admito sinceramente hubiera preferido ignorar. Un hijo no debería de meterse en los problemas de los padres.

Digamos que después de ese diagnóstico, a causa de una fatal experiencia que vivimos como familia, todo cambio. Nos dimos cuenta (al fin) que mi madre de verdad tenía un problema y tuvimos que empezar a vivir y aprender sobre él.

La raíz de todos los males y como verdadero cliché de una familia disfuncional, era su padre y la relación y vida que le dio cuando niños. Nunca pudo superar lo que le toco vivir, es fecha que no puede tener una madurez mental y dejar el pasado donde esta; en el pasado. Y aunque no repitió los mismos errores que él, si cometió otros. Bueno, quien no.

A partir del diagnóstico y de las indicaciones que nos dan, las cosas se tornan parcialmente mejores. Pero hubo algo que hasta la fecha mi madre no quiso hacer y que en mi opinión, tiene mucha culpa de que no haya podido mejorar con el tiempo; hacer terapia.

La idea de sentarse con un “desconocido” para hablar y tratar de solucionar sus problemas le causa una aberración, que a veces pienso que lo que no quiere es sentir pena por ella.

A modo personal digo que tomar terapia no es malo. Las 2 veces en las que las he tenido que tomar, fueron a consecuencia de desgracias mayores y considero que en las 2 ocasiones ayudaron  a su manera. La última vez más que la primera, pero en parte fue porque ya veía las cosas de forma diferente. La madurez mental en el fondo no es mala, es aburrida, pero no mala.

Con el tiempo, mi madre de manera esporádica ha presentado episodios en los que va empeorando de forma gradual su momento de crisis. Desde dejar de bañarse, hablar y comer, hasta ponerse agresiva y violenta.

Dicen que como hijos no debemos de hacer sufrir a nuestros padres, pienso que los padres tampoco deberían hacer lo mismo con los hijos. Como hija mayor siempre he tenido que cargar con el peso de un hogar cuando mis padres no están en “condiciones” para hacerlo. Ver por hermanos menores, ver por un bienestar común y labores típicas del hogar. Ver las cosas a futuro.

Cuando llegas a una sala de urgencias de una institución mental, con tu madre inconsciente por tantos medicamentos que ha tomado para estar en su zona de confort y negación, en un mundo donde solo ella sabe lo que siente y el psiquiatra en turno te pregunta ¿Cuántas veces ha intentado suicidarse la paciente? A uno no le queda más que hacer frente a una terrible realidad, muy a su modo, eso es un intento de suicido.

Y con voz quebrada y ojos llorosos no queda más que decir el número en el que te encuentras. Y ahí, justo en ese momento crucial tienes que tomar una decisión: o te hundes igual que ella o decides afrontar la vida y realidad, a base de patadas si es preciso. Opte por la segunda. Y cuando siento que ya no puedo, que de verdad necesito dejarme caer aunque sea un momento, lo hago. Pero solo un momento. Luego tomo aire y sigo de nuevo.

Yo no quiero culpar a mi madre, ella en el fondo con esa terrible enfermedad lleva una vida difícil y cuando sus momentos de crisis se presentan es difícil para todos salir adelante o tratar de salir adelante. Yo quiero culpar a la ignorancia, a la falta de cultura, al tabú y al qué dirán, porque ellos son los verdaderos culpables de que uno no quiera pedir ayuda cuando tiene un problema. En cuestiones mentales, considero yo, no hay problemas menores.

Al esposo que no apoya a la esposa, al padre que no apoya al hijo, al hijo que no ayuda a su padre o hermano, al amigo que ignora los problemas de un amigo, el ver que tu estas mal y no te atrevas a pedir ayuda. Ellos son los verdaderos culpables de que muchas enfermedades mentales lleguen a terminar en tragedia, todo por temor al qué dirán o ir a un psicólogo o un psiquiatra.

El paciente cuando se siente mejor pide dejar la medicina y erróneamente cedemos a eso por diferentes motivos, pero cuando un episodio psicótico se presenta de nuevo es peor y te arrepientes de haber cedido, pero eso ya no sirve de nada. Yo como hija me comprometo en esta ocasión a no permitir que eso pase de nuevo. Es preferible ser la fastidiosa preocupona de todo, a volver a pasar lo que vivimos en su última crisis.

Hoy en día su diagnóstico es depresión mayor, ansiedad crónica, trastornos obsesivos-compulsivos y posibles indicios de esquizofrenia.

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De noche por la Ciudad

Hay cosas que aunque uno quiera cambiar, simplemente no puede. Y una de esas cosas es andar por la Ciudad de noche; no importa la compañía, ni el clima, ni la razón. Caminar de noche el Centro de Monterrey, siempre es una aventura.

Este domingo hubo un concierto y para mí los conciertos siempre son como un escape de la realidad. Pero el verdadero escape comenzó después de que este terminara.

Le dije a Diana que fuéramos a cenar, pues quería que me contara como le fue en su viaje, y eso obviamente en el recinto no podía ser. Además, a partir de este tetra ya no vamos a estar juntas en clases y eso me pone un poco triste, pues ya no tendré quien ría conmigo de tonterías y hacer el tiempo más ameno cuando haya clases aburridas. Te voy a extrañar amiga.

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Sugerí el restaurante Al por ser el único que podía albergarnos el tiempo que fuera necesario y que tuviera buen servicio y comida. Y desde que subimos al metro comenzó la hazaña.

No recordaba que ese día el servicio es gratis y que a toda hora está saturado de personas. Incluso de personas con bicicletas ¡¿En serio?! Aun así eso no me molesto, como el hecho de que a mi lado tocara una niña de como 7 años mega fastidiosa. Cualquiera pudiera pensar que no me gustan los niños, y eso es casi cierto, pero hay niños que caen bien, otros que son neutrales y están los que sólo puedes terminar odiando. Y yo la termine odiando en 10 minutos que estuve cerca de ella.

Llegamos a nuestra estación y nos dirigimos al restaurante. Se los juro, yo moría de hambre, pero no volveré a contar mi experiencia culinaria, porque ya hice eso antes y esto no es un blog de comida, sólo diré que me fue mejor.

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Como me gusta vivir sin prisa, disfruto más de una compañía cuando esa persona tampoco tiene preocupación del tiempo. La plática se prolongó por horas y cuando salimos ya pasaba de la media noche. Las personas sensatas hubieran optado por tomar un taxi afuera del lugar. Nosotras caminamos.

Tenía mucho tiempo de no caminar en la noche por Calzada Madero, casi creo desde el 2010. Teníamos intención de tomar un taxi pero la plática era tal que pasamos caminando las calles sin darnos cuenta. Y sin estarlo buscando, tuvimos un irónico romance con la Ciudad.

Vimos a una chica de la vida galante, no sé si era por ser domingo-lunes o por la situación actual en qué vivimos, pero en todo lo que caminamos solo vimos una. No era fea, estaba super alta y con unas piernas casi de mi estatura. Diana dijo que tal vez era hombre, yo sólo creo que hace mucho ejercicio.

Después se me ocurrió hacer una foto y saque el celular, en eso iba pasando un chico que se le quedo viendo mucho al teléfono. No suelo ser tan descuidada ni despreocupada, pero tampoco me gusta vivir con temor. Él siguió su camino y yo tome unas fotos más.

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Vimos una rata en todo el camino (ya casi no tenemos ni ratas ni chicas galantes) y vimos un letrero enorme, supongo de alguna iglesia y sólo me hizo sonreír y hacer el comentario de “yo creí que ser vampiro era la clave para la vida eterna”.

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Un automovilista nos “acosó” cuando caminábamos por Madero, pero nosotras simplemente lo ignoramos y cuando íbamos caminando por Pino Suárez volvió a salir y volvió a decirnos que si queríamos un aventón (aunque supongo que él hablaba de otro tipo de aventón) y sin hacer mayor escándalo, le dije a Diana que sacáramos el celular e hiciéramos como que lo retratábamos y así fue la manera en que se fue y no regreso. Supongo que no hay nada peor que ser exhibido hoy en día por las redes sociales, y la verdad no tomamos foto porque ya no teníamos nada de batería (les digo, nada precavidas).

Entre platica y planes a futuro, terminamos caminando del Al por Madero hasta Pino Suárez y de ahí hasta la Alameda. No sin que antes salieran otros urgidos en una camioneta, los cuales no batallamos porque ya estaba un camión en la Alameda y nos subimos, dando por terminada la aventura inesperada.

Una vez conocí a alguien que decía que para él caminar por Madero de madrugada era como estar en Av. Alcorta (la canción de Cerati). Y aunque con él camine mucho por varias calles de la Ciudad de noche/madrugada, nunca pude identificar su comparación. Anoche sin embargo me acorde de su comentario y me reír de eso, y no es porque me sienta identificada con lo que dice la canción o lo recordara con agrado, sino porque no creí que volvería a caminar de madrugada por la Ciudad.

Sé que esta pequeña aventura no se compara con aquellas otras tantas que viví, pero fue el hecho de volver a sentir eso. Esa sensación que sólo se da al caminar de noche por la Ciudad.

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El mal hábito de comer bien.

El día de hoy y después de una semana de vacaciones, al fin decidí darme el placer de romper la dieta, e ir a comer las enchiladas en adobo que tanto me gusta de la Cafetería Gaby.

Por un lado no lo quería hacer, tanto régimen alimenticio que he tenido para bajar de peso, y por otro, tanto deseo de comerlas. Era una lucha entre el bien y el mal. Y al final gano el mal.

Llegamos Sofía y yo, y después de que ella decidiera que comer, ordenamos y esperamos la comida. La tentación de caer ante los totopos y la salsa no se hizo esperar, y como buena pecadora que soy, me comí unos cuantos (total, iba decidida a romper la dieta).

Si hubiera hecho caso a las señales, me hubiera percatado de que no iba a terminar bien.

Nos llevan la comida y todo excelente, hasta que di el primer corte a una enchilada. Y ahí, justo ahí, debí de haber salido, y aceptar que no debí haber tomado esa decisión. O mínimo, cambiar el pedido por algo más saludable. Y no es que sea mala la comida, pero cuando acostumbras, durante meses a tu cuerpo, a no comer grasas, algo pude salir mal.

¿Cuál fue la sorpresa al separar el trozo cortado de su estado original? Nada más y nada menos que un cabello entre el queso. En otro momento, y más que nada, según mi estado de ánimo, hubiera regresado el platillo con la promesa de no regresar jamás al lugar en cuestión. Pero el Gaby me gusta demasiado, y yo de verdad quería comerme las enchiladas.

Hablo con la mesera y le pido amablemente que me cambie el platillo, por otro igual, pero sin cabellos, y ella accede preguntando si deseo algo más, e incluso, mandando al gerente para saber si tengo una petición especial. Yo de verdad no quiero nada más, solo quiero comer lo que tanto deseaba.

Sin dar demasiados por menores, del arte que he adquirido al momento de consumir los alimentos, les diré que tome el tiempo necesario, para comer de una manera calmada, sin prisa y disfrutando la comida. Como debe de ser.

No me termine el platillo, pues en verdad era demasiado, y me puse a beber una taza de café, mientras leía un poco, pues Sofía también se toma su tiempo para comer, y aún no terminaba. Después de un momento, comencé a sentirme mal.

Al final, termine vomitando el equivalente de enchilada y media, y unas cuantas papas, de la orden que lleva el platillo. No vomite por gusto, pues de verdad quería comer lo que comí, pero mi cuerpo no pudo con tanta grasa y tortillas, a pesar, de que de una orden de 4, solo comí 3.

Cuando joven (más joven de lo que soy) y después de cumplir la mayoría de edad, tuve la desgracia de caer en la bulimia primero, y después en la anorexia. Después de batallar por años y salir de tremendas enfermedades, prometí no volver a provocarme el vómito después de comer, además fue ahí, donde aprendí a medir las cantidades de comida expulsada según el vómito, asqueroso pero cierto. Con el corazón en la mano, les puedo decir que lo de hoy fue por lo mal que me sentí.

Me quede en la cafetería por más tiempo, pues quería salir con la certeza de que ya me sentía bien, y solo seguí bebiendo agua, mi eterna acompañante en estos momentos de dieta. Además, Sofía seguía sin terminar de comer.

Aparte de darme cuenta, que aunque quiera comer mal ni debo hacerlo, vi a una pareja de novios o recién esposos, entrar con un juego de playera/blusa así y pensé en voz alta “que ridículos”, y aunque estoy intentando cambiar un poco, sigo teniendo la sensibilidad de una piedra para los momentos cursis y románticos. Mi idea del romanticismo es otra, no cursi, más bien friki o geek. Já.

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Me odio a mí mismas y me quiero matar.

Si fuera una suicida desde cuando ya no estaría en las filas del padrón electoral. Pero en cambio soy una pinche masoquista y aquí sigo aguantando la vida.

Fantaseando con la muerte por puro placer o en su defecto matando a la gente que me cae mal. No importa, no se asusten, como quiera nada de eso pasara.

Cuando era adolescente, tuve la desgracia de tener amigos que en verdad lo hicieron, tal vez por eso prometí jamás hacer algo así. Sin importar lo mal que me fuera o lo que estuviera viviendo, prometí nunca llegar a ese extremo.

Pero a veces uno se cansa de lo mismo, no importa la experiencia que tengas, no importa lo “madura” que seas, no importa el argumento que te pongan, uno se cansa.

A mis 31 años siento conflictos emocionales cual vil adolescente: me enojo, grito, aviento cosas, lloro y maldigo. Más llorar que maldecir.

¿Sera acaso que me hace falta ser un poco más mala y egoísta con la vida? Pensar solo en mí sin importarme si los demás salen perjudicados. ¿En qué momento decidí ser buena persona?

No se preocupe, por mucho que me odie o lo odie a usted, ni me matare ni lo matare. Seguiremos informando.

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